La Senda del Oso es una vía verde, de esas que antes eran una vía de tren, y se encuentra en los concejos de Proaza, Teverga, Quirós y Santo Adriano. Tiene forma de Y: abajo está Santo Adriano, en medio Proaza, y arriba Quirós a la izquierda y Teverga a la derecha.
Nosotros la hicimos desde Proaza y subiendo por la derecha hacia Teverga. Alquilamos aquí unas bicis, y estuvo muy bien; antes de empezar nos dieron unas explicaciones útiles e interesantes acerca de la ruta. No llegamos hasta el final, ni siquiera completamos la ruta aconsejada, porque temíamos quedarnos sin fuelle para la vuelta. Gran error: se sube muy bien, apenas hay pendiente, y como tampoco estábamos echando carreras no requiere ningún esfuerzo. Bajar, evidentemente, requiere mucho menos esfuerzo.
Después nos animamos a bajar un poco más, y visitamos a los osos (Paca, Tola y Furaco: auténticas celebridades en Asturias y Cantabria).
La ruta es preciosa. Es en su mayoría entre un bosque frondoso y un río, y según nos contaron en esa zona hay unos 44 osos censados, además de corzos, lobos, zorros y venados. Nosotros, desgraciadamente, no vimos más que turistas. Lo único malo es que al otro lado del río pasa la carretera, que a veces no se ve pero si pasan coches se oyen. También tiene tres puntos en que hay que cruzarla, y ahí hay que tener mucho cuidado.
En definitiva, es muy recomendable. Nosotros seguro que repetiremos.
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8/10/13
27/7/08
El molín de Mingo
Pues nada, como los que viajáis no decís nada de vuestros viajes por el mundo, yo voy a hacer una pequeña crítica gastronómica.
Ayer, sábado, en El molín de Mingo, en algún lugar de Peruyes, concejo de Parres, Asturias. El susodicho molín se encuentra escondidillo, así que para encontrarlo conviene que te indique (mejor si te lleva, y si encima paga, ya es la bomba) alguien que lo haya conocido previamente. El entorno es casi perfecto, con sus montañitas, su río, sus gallinas, ovejas y patos sueltos por ahí. Luego el comedor queda un poco raro, porque es un edificio nuevo, construido en plan casa rural, con su techo de vigas vistas... y un peazo viga de acero y otras dos que la sujetan en medio del salón.
Luego está el asunto de la comida. La carta es limitadita. Más o menos tenían: croquetas, tortos, fabada, cabrito, pitu de caleya con arroz, pitu de caleya con patatas, y quizá se me estén olvidando una o dos cosas, pero no más. Como la expedición se componía de seis adultos y tres menores, pedimos todo lo que os he dicho menos el pitu de caleya con patatas. Y os cuento lo interesante:
De entrante nos dieron (antes de pedir nada) una crema de queso gamonedo que voló en quince segundos, o algo menos. Muy rica.
Las croquetas estaban muy buenas. Caseras de verdad.
Los tortos estaban bien, aunque tampoco mataban. Venían cinco, uno con morcilla, otro con huevo, otro con picadillo, otro con algo blanco que sabía a pescado ahumado, y otro con una cosa anaranjada, llena de cebolla y picante.
El cabrito, de lo que probamos, lo más regulero. No es que estuviera malo, que tampoco es eso, pero quedaba en una cosa la mar de normalita.
La fabada estaba muy buena. Tampoco puedo decir mucho más, ya sabéis todos lo que es una fabada.
Y lo mejor, el pitu de caleya con arroz. Traducido, pollo de corral (no de camino) con arroz. En realidad, un arroz caldoso con pollo que estaba de muerte. Sin ninguna duda, el segundo mejor arroz que he comido en mi vida. Y no tengo nada más que decir.
El café lo hacen de puchero, y también está un rato bueno. Te ponen en la mesa la jarra con el café, la leche, azúcar blanco y moreno, y ahí te apañes. Una pena que viene justito: sólo pudo repetir café el patriarca de la expedición.
Y de postre, probamos la tarta de la güela, y los frixuelos con chocolate y con crema de queso y toffe. La tarta estaba deliciosa; los frixuelos con chocolate bastante normalinos y los de crema de queso y toffe... un puntito demasiado innovadores.
Pequeños inconvenientes: no se puede pagar con tarjeta. El camino que elegimos para dar un paseo después de la comilona era demasiado empinado, mala suerte. Hay que reservar impepinablemente. A los incautos que aparecen por ese recóndito lugar sin haber reservado no los atienden, aunque tengan sitio. Y conviene no adelantarse demasiado, porque no tienen bar, así que no se puede hacer tiempo tomando una cañita.
Total, que el sitio mola. Y el pitu de caleya con arroz está de muerte.
Ayer, sábado, en El molín de Mingo, en algún lugar de Peruyes, concejo de Parres, Asturias. El susodicho molín se encuentra escondidillo, así que para encontrarlo conviene que te indique (mejor si te lleva, y si encima paga, ya es la bomba) alguien que lo haya conocido previamente. El entorno es casi perfecto, con sus montañitas, su río, sus gallinas, ovejas y patos sueltos por ahí. Luego el comedor queda un poco raro, porque es un edificio nuevo, construido en plan casa rural, con su techo de vigas vistas... y un peazo viga de acero y otras dos que la sujetan en medio del salón.
Luego está el asunto de la comida. La carta es limitadita. Más o menos tenían: croquetas, tortos, fabada, cabrito, pitu de caleya con arroz, pitu de caleya con patatas, y quizá se me estén olvidando una o dos cosas, pero no más. Como la expedición se componía de seis adultos y tres menores, pedimos todo lo que os he dicho menos el pitu de caleya con patatas. Y os cuento lo interesante:
De entrante nos dieron (antes de pedir nada) una crema de queso gamonedo que voló en quince segundos, o algo menos. Muy rica.
Las croquetas estaban muy buenas. Caseras de verdad.
Los tortos estaban bien, aunque tampoco mataban. Venían cinco, uno con morcilla, otro con huevo, otro con picadillo, otro con algo blanco que sabía a pescado ahumado, y otro con una cosa anaranjada, llena de cebolla y picante.
El cabrito, de lo que probamos, lo más regulero. No es que estuviera malo, que tampoco es eso, pero quedaba en una cosa la mar de normalita.
La fabada estaba muy buena. Tampoco puedo decir mucho más, ya sabéis todos lo que es una fabada.
Y lo mejor, el pitu de caleya con arroz. Traducido, pollo de corral (no de camino) con arroz. En realidad, un arroz caldoso con pollo que estaba de muerte. Sin ninguna duda, el segundo mejor arroz que he comido en mi vida. Y no tengo nada más que decir.
El café lo hacen de puchero, y también está un rato bueno. Te ponen en la mesa la jarra con el café, la leche, azúcar blanco y moreno, y ahí te apañes. Una pena que viene justito: sólo pudo repetir café el patriarca de la expedición.
Y de postre, probamos la tarta de la güela, y los frixuelos con chocolate y con crema de queso y toffe. La tarta estaba deliciosa; los frixuelos con chocolate bastante normalinos y los de crema de queso y toffe... un puntito demasiado innovadores.
Pequeños inconvenientes: no se puede pagar con tarjeta. El camino que elegimos para dar un paseo después de la comilona era demasiado empinado, mala suerte. Hay que reservar impepinablemente. A los incautos que aparecen por ese recóndito lugar sin haber reservado no los atienden, aunque tengan sitio. Y conviene no adelantarse demasiado, porque no tienen bar, así que no se puede hacer tiempo tomando una cañita.
Total, que el sitio mola. Y el pitu de caleya con arroz está de muerte.
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